viernes, 22 de junio de 2012

El antipriismo en las calles amenaza la victoria de Peña Nieto


EL ANTIPRIISMO EN LAS CALLES AMENAZA LA VICTORIA DE PEÑA NIETO

 Manuel Aguilar Mora

 El 11 de mayo sucedió un acontecimiento que ha repercutido en los planes de los amos de México por imponer en frío, sólo con los mecanismos oficiales del IFE y sin protestas callejeras, al priista Enrique Peña Nieto (EPN) como presidente de la República para el sexenio 2012-18. Aconteció lo único que podría amenazar lo que se ha venido anunciando desde hace tiempo como algo inevitable, a saber, el regreso del PRI a Los Pinos en las elecciones presidenciales del 1° de julio próximo. Irrumpió intempestivamente en las calles la protesta masiva de sectores populares a un mes y medio antes de la cita electoral, protesta detonada ese día por los actos de repudio de los estudiantes de la Universidad Iberoamericana contra la visita a su campus de EPN.  A partir de esa fecha la campaña electoral priista dejo de ser un paseo por el parque del ungido de antemano por los poderes reales como el sucesor de Felipe Calderón, complicándoseles así la situación.
Como ha sucedido frecuentemente en la historia de los movimientos contestatarios, y en México esto ha sido particularmente el caso, han sido los estudiantes universitarios quienes han iniciado la actual oleada de antipriismo que desde el norte en Baja California hasta el sur en Oaxaca se ha levantado en todo el país con evidentes consecuencias electorales.

Antipriismo potencial

La acción del 11 de mayo protagonizada por los estudiantes de la jesuita Universidad Iberoamericana, impugnaba a EPN por los actos represivos que ordenó como gobernador del estado de México en San Salvador Atenco en mayo del 2006. El potencial antipriista nacional que siempre ha estado presente estalló de inmediato en amplios sectores de la población. Sólo faltaba la acción valiente de los estudiantes de la Iberoamericana para que lo hiciera con toda su fuerza. Con la irrupción del movimiento estudiantil masivo que tomó el nombre de #Yo soy132, debido a los 131 estudiantes que desafiaron con sus fotografías en las redes sociales las amenazadoras declaraciones del presidente del PRI después de los acontecimientos de la Iberoamericana, el panorama electoral abruptamente dio un giro insospechado por las jerarquías políticas dominantes. Inmediatamente, cientos, miles de estudiantes, de artistas, de profesionistas y de pueblo en general se declaró “yo soy el 132”.Salió a relucir algo que parecía olvidado, irrumpió de hecho la evidencia de una memoria histórica que está lejos de ser minoritaria, exclusiva del medio estudiantil, en el cual sólo se expresan con más dinamismo y oportunidad impulsos muy profundos que atraviesan a amplios sectores populares.
Tan era un potencial vivo y presente, una realidad tan sólo escondida con los delgados y corruptos velos de la operación de la reforma política electoral representada por el IFE, que pronto se expandió como pólvora a las demás universidades de la ciudad de México y de otros estados y ha tenido consecuencias en la población en general que hoy sólo podemos atisbar en forma embrionaria.
Así, un mes después del estallido del detonador en la Iberoamericana, el 10 de junio, aniversario de la masacre estudiantil del jueves de Corpus de 1971, se presenció algo inédito en las justas electorales: manifestaciones masivas, de decenas de miles, en especial en la ciudad de México, en contra de Peña Nieto, el candidato para la presidencia de la República apoyado por los sectores fundamentales de los amos de México. De este modo se les presenta a éstos una situación inédita en las jornadas electorales: que antes de ser electo el candidato escogido por un fundamental sector de los amos de México para ser presidente, Peña Nieto ya es impugnado y rechazado en las calles por decenas, centenas de miles de ciudadanos, especialmente jóvenes.
Estas acciones que hoy se multiplican en todo el país, por supuesto han cambiado ciertamente el panorama anunciado desde hace años por los conciliábulos políticos y los medios de comunicación, especialmente del duopolio televisivo (Televisa y TV Azteca), de una fácil, amplia y cómoda victoria del candidato Peña Nieto.
Y precisamente el escándalo de la complicidad mercenaria (valuada en cientos de millones de pesos) de uno de los dos monopolios televisivos (Televisa) con Peña Nieto, ningún secreto para nadie, explotó en medio de las acciones de protesta contra ambos factores de la mancuerna nefasta. El jueves 7 de junio el diario británico The Guardian publicó documentos que confirman hasta la saciedad los pactos de Peña con Televisa. No se hizo esperar el grito callejero de los manifestantes “Peña, la tele es tuya; la calle es nuestra”.
Se complica la situación
La irrupción básicamente espontánea del antipriismo masivo ha tenido como efecto una mayor complicación de la operación de la sucesión presidencial para los grupos dominantes: el gobierno (incluido el ejército) de Calderón, los grandes sectores empresariales (financieros, industriales, etc.), los dueños del duopolio televisivo, los aparatos de los tres partidos burgueses hegemónicos, la jerarquía eclesiástica y posiblemente hasta la embajada yanqui. La fuerza enorme  de estos poderes fácticos se ve retada en la calle. Desde 1994, con motivo del alzamiento del EZLN, las elecciones presidenciales no habían sido acompañadas por  protestas populares callejeras.
Veamos como se le presenta la situación a Calderón, un presidente asediado y arrinconado como resultado de su impopularísima política de combate militar y policíaco a los cárteles del crimen organizado de la droga, cuyo saldo al día de hoy es de más de 60 mil muertos, la mayoría civiles. Además de carente de legitimidad al nivel nacional desde su más que truculento ascenso a Los Pinos en 2006, Calderón fue derrotado en su propio partido con motivo de la elección de la candidatura presidencial. La elección de Josefina Vázquez Mota como candidata presidencial panista se hizo a costa del hombre impulsado por el presidente, su ex secretario de Hacienda Ernesto Cordero. La división panista se hizo más evidente cuando el ex presidente Fox, en abierta traición a su partido, declaró públicamente que “sólo un milagro” lograría la victoria de Vázquez Mota y aceptó ser partidario de EPN. Así, Calderón se encuentra en una posición difícil, agravada por la debacle que ha sido la campaña de Vázquez Mota, colocada por la mayoría de las encuestas en un tercer lugar por debajo de Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador (AMLO).
Pero Calderón tiene todavía un rol clave en el drama que se desarrolla en las cúpulas en estos días decisivos. Es el presidente de la República, disponiendo por ello del presupuesto nacional que pesa fuertemente en la balanza donde se decidirá el desenlace final. Tiene muchas cartas que jugar contra el PRI y contra AMLO. Por ejemplo, con la ayuda del propio gobierno de Estados Unidos, ha denunciado a un ex gobernador priista,  T. Yarrington de Tamaulipas, acusándolo de cómplice de las bandas de narcotraficantes. Y con motivo del segundo debate presidencial, intervino polemizando contra AMLO con relación a las cifras que éste daba para demostrar sus planes de “austeridad republicana” en la reducción de los sueldos de la alta burocracia estatal.
Promovida por su gobierno, la propaganda antipriista no cesa: denunciando la corrupción de los gobernadores y ex gobernadores de este partido, divulgando noticias que vinculan a los priistas con los cárteles del narcotráfico y exponiendo y explotando el tenebroso pasado del priismo.
En el segundo debate entre los candidatos presidenciales fue evidente que la candidata panista luchó a brazo partido contra los otros dos candidatos punteros para recuperar un terreno que ya parece, a estas alturas de la contienda, irrecuperable para ella, pues ha caído al tercer lugar de la competencia. Calderón, no obstante ello, dijo que la elección no estaba decidida y que cualquiera de los tres candidatos principales podría ser el triunfador(a) el 1° de julio. Declaró que sería una “elección a tercios”. Fue el típico bluf de un jugador del poker del poder con muchas mañas, sin ningún escrúpulo en las cuestiones de la lucha por mantenerse en la cúpula. Sabe que lo más probable es que la pelea estelar del próximo 1° de julio será entre EPN, quien se mantiene en el primer lugar con más de diez puntos de ventaja en la mayoría de las encuestas y AMLO quien ha sido el más favorecido por el alud antipriista surgido en estos días y ha remontado muchos puntos acortando la diferencia que lo separa de EPN, como lo mostró una de las encuestas más difundidas, la del diario Reforma, que a fines de mayo señaló que la diferencia entre los dos era sólo de cuatro puntos. De hecho, el propio AMLO ya proclama que le lleva dos puntos de ventaja a EPN, autodeclarándose como el puntero en la competencia. Así, el antipriismo callejero e irónicamente también el promovido por el gobierno, ha beneficiado más AMLO que a la candidata panista.

Cierto desconcierto en la cúpula

La pelea de Calderón y su partido es cuesta arriba ante dos pendientes como lo deja traslucir la campaña de “guerra sucia” panista que ataca por igual al según al “populista y extremista” AMLO y al corrupto y represor EPN. Calderón no puede más que constatar esta realidad por más que busque enmascararla públicamente: su partido es casi seguro perderá feamente el próximo 1º de julio.
¿La apuesta de Calderón será a la derrota anunciada de la candidata panista? Casi se podría apostar a que no. Entonces ¿cuál es el plan que tiene con respecto a los punteros? La lógica política más evidente señala que el equipo gobernante panista tiene más afinidades en la “gran política [neoliberal]”con el PRI de Peña que con AMLO y la coalición progresista alrededor del PRD que lo postula. No obstante ello, la alianza antinatura que para muchos es la del PAN con el PRD ha sido ya una realidad en varias elecciones estatales, por ejemplo en Oaxaca. Pero hay que recordar también que sectores de la coalición progresista han hecho alianzas con el PRI, por ejemplo, el Partido del Trabajo en Chihuahua.
Obviamente nosotros estamos muy lejos del Olimpo en donde se realizan las maniobras de los partidos gobernantes y en especial de los acuerdos en la cúpula de los dirigentes. Por lo tanto, sólo podemos guiarnos por las señales externas que ellos dan en sus discursos, en sus maniobras, en su política en general. Teniendo en cuenta esto podemos decir que en los espacios del poder a escasos diez días previos al día de la elección es posible atisbar en ellos ciertas desavenencias. Esto es evidente en el factor más afectado por la situación intempestiva, o sea, el PRI y su candidato. Focos rojos han surgido por todas partes: un candidato asediado por protestas y manifestaciones de repudio, el aparato de seguridad se ha reforzado con el consecuente choque con manifestantes contrarios, la impopularidad del candidato priista se ha expuesto en amplios sectores masivos, el propio candidato insiste y convoca a sus partidarios a que “no se confíen, ni caigan en provocaciones”, un lenguaje muy diferente al acostumbrado antes del 11 de mayo.
Según Vázquez Mota “todavía hay tiempo para la victoria” y, como hemos dicho, AMLO, por su lado, aparte de declarar que se considera el puntero con  dos puntos arriba de EPN, cada vez más lanza mensajes que advierten que está completamente dispuesto a contemporizar con los que hace menos de un año consideraba sus enemigos de la “mafia” que le arrebató la victoria en el 2006.
A sólo unos días de las elecciones, la panista Vázquez Mota ha intensificado su belicosidad y el PRI ha lanzado todos sus enormes recursos propagandísticos en la recta final, llenando plazas, inundando los medios de comunicación con su propaganda y no dejando nada al azar para que del plato a la boca no se caiga la sopa. Aunque con muchísimo menos recursos propagandísticos, lo mismo hace AMLO para recortar aún más la distancia que lo separa de EPN, más de 10 puntos, por tanto planteándosele así la difícil tarea de ganar casi un punto diario de aquí al 1° de julio.

De incendiario a bombero
  
Sin duda AMLO el candidato de la coalición progresista, es el que reúne a los sectores que se pueden considerar de la izquierda social en México. Pero en su corrimiento hacia el centro AMLO se ha alejado de su núcleo militante duro y ha mandado mensajes claros a los amos del país que él no está en esta campaña agitando ni subvirtiendo el país. Una y otra vez lo dice en sus discursos y declaraciones sin fin: “hay que serenar el país”. Así él se ha autopostulado como el serenador de México en unas condiciones en las que, en efecto, la cólera popular puede detonar masivamente en cualquier momento: el país tiene once millones de jóvenes entre 18 y 28 años que ni estudian ni trabajan que se agregan a los niveles altísimos de desempleo en la población trabajadora en general, la mitad de la población está catalogada como “pobre” y una quinta parte de ella como “muy pobre”, más de 60 mil muertos en lo que va del sexenio ha sembrado la guerra insensata contra el crimen que sólo sirve para colmar la carencia de legitimidad ante la población de la derecha en el poder en una operación que al mismo tiempo le garantiza a ésta el apoyo de los círculos más reaccionarios de Washington, persiste sin freno las privatizaciones y el desfondamiento de la seguridad social, de la educación primaria, secundaria, media y superior públicas y se profundiza una de las polarizaciones sociales más monstruosas entre los más ricos (México es el país en donde habita el hombre más rico del mundo, Carlos Slim) y las inmensas masas millonarias de pobres y miserables que crecen día con día.
No faltan en la conducta de AMLO quiebres que aparentan romper su política conciliadora y que señalan rasgos erráticos de su conducta. Fue el caso de sus declaraciones de que podría darse de nuevo una situación de fraude en el IFE como en el 2006. La jauría se le dejo venir e incluso en su propio campo, Marcelo Ebrard, entre otros, aseguró que no sería el caso: se respetarían cualquiera que fueran los resultados emanados del IFE. Quedan así los seguidores del progresismo dependiendo de los resultados, nada confiables, por cierto, de un aparato del IFE clara y fuertemente vinculado con el poder.
De nuevo hoy, como en el 2006 y de hecho desde que surgió en 1989 el progresismo nacionalista alrededor del PRD, fundado por la corriente escisionada del PRI encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas, Muñoz Ledo entre otros (y a la que se unió más tarde López Obrador) y las corrientes de izquierda ligadas al viejo Partido Comunista Mexicano (PCM), sus líderes, sus ideólogos y seguidores en general insisten en hacernos creer que la batalla presidencial por la presidencia de la República es cada seis años el momento clave para definir el destino del pueblo de México. O sea una línea electoralista alejada por completo de las necesidades y tareas de la lucha de los trabajadores. Es la estrategia que se convirtió por mucho en la dominante de la “izquierda” en México desde 1988.
La estrategia electoral del reformismo perredista y sus diversos acompañantes puesta en práctica en los últimos 25 años no ha impedido, ni mucho menos, el viraje cada vez más a la derecha de la sociedad mexicana, circunstancia por demás contradictoria con la caída vertiginosa del bienestar popular que se ha dado en el mismo lapso de tiempo. La explicación fundamental de esta aparente paradoja es que también en esos años se han producido fuertes derrotas de los trabajadores. La más reciente y con devastadoras consecuencias, ha sido el aplastamiento del Sindicato Mexicano de Electricistas en el 2009, el sindicato más antiguo fundado en plena Revolución Mexicana y depositario de una vasta tradición de lucha obrera. En este 2012 se hace más evidente que en el 2006 y otros años de elección presidencial esa ausencia de los trabajadores en el escenario político.
Y es el propio AMLO quien hoy expresa con mayor claridad esa ausencia política de los trabajadores: no hay en su discurso, ni en su programa la centralidad que hoy revisten las demandas de los trabajadores para que su movilización reoriente el rumbo del país. Esas necesidades urgentes de las masas trabajadoras que se traducen en demandas clave como son, entre otras: un aumento general de salarios, atacar el desempleo con la reducción de la jornada laboral para que todos tengan empleo, la estabilidad del empleo, la jubilación a los 60 años, la democracia e independencia sindicales, la derogación del secreto comercial, la nacionalización de los bancos con el control de sus trabajadores y usuarios entre los más importantes están ausentes del proyecto del progresismo. De lo que se trata para AMLO es de reformar el sistema para que funcione mejor, desacelerando los conflictos (“serenándolos”) con medidas por demás insuficientes.
Un ejemplo de ello es su propuesta para lograr mayores recursos para el Estado proponiendo un programa de austeridad que rebaje drásticamente los ingresos de los funcionarios, los cuales en los altos puestos llegan a niveles verdaderamente escandalosos: un ministro de la Suprema Corte de Justicia o un consejero del IFE se embolsan mensualmente emolumentos que equivalen a casi  medio millón de pesos, sin tomar en cuenta numerosas prerrogativas extras.
Por supuesto que cualquier programa verdaderamente revolucionario y clasista atacaría de frente el parasitismo del aparato burocrático del Estado, pero si al mismo tiempo se deja libre el camino a la acumulación de capital por parte de los empresarios, banqueros y demás, la mayor fuente de corrupción y desigualdad en la sociedad capitalista, de ninguna manera atacara de raíz del problema.
AMLO con su nueva línea ha buscado y en ciertos sectores ha logrado un entendimiento con importantes grupos de capitalistas de Monterrey, de Puebla y ha reforzado los que ya tenía con los del D.F. Les ha prometido derogar el IETU y no subir los impuestos. Su lema ya no es “por el bienestar de todos primero los pobres” sino “gobernaré por igual para ricos y pobres”. Su objetivo ya no es combatir “la mafia que nos robó la victoria en 2006” sino forjar ”una república amorosa” con todas y todos los mexicanos.
Para asustarnos, algunos partidarios obradoristas sofisticados recurren incluso al petate del muerto de que hay que votar por AMLO para impedir la llegada del fascismo. Pero ni Peña, ni el PRI son fascistas. El priismo fue una de las consecuencias políticas más importantes del largo, estable y fuerte régimen surgido de la Revolución Mexicana con rasgos más que fascistas de clara estirpe bonapartista. En sus etapas tardías, su populismo nacionalista comenzó a integrar características cada vez más reaccionarias. Díaz Ordaz, Echeverría y sus secuaces no eran fascistas y no por ello fueron menos represivos y autoritarios. En la actualidad la burguesía no ve amenazada su hegemonía por ningún movimiento de las masas populares como para promover en los sectores medios y lúmpenes la constitución de hordas fascista para lanzarlas contra ellas. Más bien ha puesto grandes sumas de dinero en la operación de construir una fachada encarnada en “la democracia del dinero” que representa el IFE.
Veamos el ejemplo del caso de la represión de San Salvador Atenco de mayo de 2006, una de las principales acusaciones contra EPN que resaltó el movimiento #Yosoy132. Pero a veces se olvida que en la represión de ese funesto día tuvieron que ver las autoridades de los tres niveles gubernamentales representados respectivamente por los tres partidos mayoritarios. El conflicto empezó al nivel local donde el presidente municipal del PRD se encargó de iniciar la represión que remataron brutalmente los granaderos del gobierno mexiquense de EPN, no sin la ayuda de las fuerzas policíacas federales del gobierno panista de Vicente Fox.


Botarlos sí, votarlos no

Más que convocar a los trabajadores y al pueblo en general a seguir votando como en 1988, 1994 y 2006 por el progresismo nacionalista de origen cardenista y estalinista, la tarea de los verdaderos socialistas y revolucionarios debe ser la de forjar el instrumento político, organizativo e ideológico independiente de la burguesía, de su Estado y sus partidos, el cual, ejerciendo en sus filas la democracia proletaria, se yerga como la alternativa de las masas populares proletarizadas de México. Insistimos, más que convocar a votar por AMLO y los demás candidatos de la coalición progresista hay que luchar por construir un frente socialista, democrático, internacionalista y medioambientalista.
Por eso es que en el campo de la izquierda socialista encarnada en varias organizaciones socialistas (GAR, LUS, Madera Periódico Clandestino, POS-MAS, Feministas Comunistas Grupo de Trabajadores del SITUAM) ha surgido la propuesta de convocar a los sectores de trabajadores y activistas leales a los principios más caros de la lucha proletaria independiente a forjar un Frente de Izquierda Socialista para impugnar la farsa electoral llamando a nulificar el voto o abstenerse de participar y convocando a prepararse a los desafíos que la lucha de clases nos deparará a partir del 2 de julio sea quien sea el candidato(a) que resulte triunfador(a) el día anterior.
Hace más de 70 años, León Trotsky desde su casa de exilado en Coyoacán aconsejaba a sus seguidores de México con motivo de las elecciones presidenciales de 1940 lo siguiente:
“Estamos por la participación más activa de los obreros en la política. Pero por la participación independiente [cursivas de LDT]. En México, actualmente no hay ningún partido obrero, ningún sindicato que desarrolle una política clasista independiente y que sea capaz de lanzar una candidatura independiente. En estas condiciones lo único que podemos hacer es limitarnos a la propaganda marxista y a la preparación del futuro partido independiente del proletariado mexicano”. (Extractos del editorial de la revista Clave dirigida por Trotsky correspondiente a marzo de 1939).
Las anteriores palabras definen casi perfectamente la situación actual y plantean para los revolucionarios la cuestión central de la política independiente y proletaria, expresando con su candente verdad una de las tragedias mayores del pueblo mexicano, la continuada carencia de independencia política de los trabajadores. O como lo sintetizó en una frase otro gran marxista revolucionario, José Revueltas: “la tragedia mexicana de un proletariado sin cabeza”.                                                                                                                                                                                 México, D.F. a 20 de junio de 20

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